"Los talleres literarios en instituciones y otros espacios públicos no hacen escritores. Los talleres literarios hacen cosas mucho más importantes que un escritor: comunidad y democratización de la palabra", dice Raúl Aníbal Sánchez Vargas, un estudioso de nuestra lengua.
"Todos, absolutamente todos, deberíamos tener acceso a herramientas literarias, discursivas y estilísticas para poder contar historias, expresar sentimientos, dimensionar acontecimientos, conocer la tradición, renegar de la tradición, asombrar, entretener, pensar en orden y coherencia estructural, llorar, reír, amar y enamorar", recalca.
Además agrega "Por lo menos deberíamos tener la oportunidad de conocer la efectividad de una construcción verbal, de la retórica que oculta o esclarece, o incluso aprender la pertinencia de la duda estilística que eventualmente rompe los cercos de la palabrería, esa imitación del pensamiento. Este es el origen de lo humano y la potencia de lo humano: la lectura de historias y su discusión pública, el acto de compartir la curiosidad y el goce estético, que va más allá de cualquier entelequia sobre el arte o sobre la literatura como institución".
Siempre habrá quien se sienta tocado por los dioses. También habrá quien quiera hacer de eso una profesión. Gente que tendrá talento y gente que no. A algunos les irá mal y a otros bien. Pero eso siempre es secundario y circunstancial (Fors domina campi, dice el Cicerón). El taller es para recordarnos que la palabra es patrimonio humano y no pertenece a ningún gremio. Menos uno tan cucho y anal como el de los escritores mexicanos.
También todos deberíamos poder dibujar a lápiz y tocar algún instrumento, tanto como saber hacerse un huevo, pero esa es otra historia.
