El pasado tiene el don de enseñarnos o convertir las heridas en resentimiento. Esta reflexión de la Madre Teresa de Calcuta nos marca los pasos para conseguir que nuestras relaciones se conviertan en una fuente de aprendizaje y no de rencores
No todas las personas que pasan por nuestra vida nos aportan lo mismo. Algunas son agua en plena sequía, gente a la que queremos con toda el alma y que deja una huella imborrable en nuestras vidas. Otras son apenas un suspiro, personas con las que compartimos un momento determinado pero que desaparecen igual que llegaron. Y otras son un huracán: llegan, destrozan y se van sin reparar en los estragos que han provocado.
El problema con las primeras es que no siempre las valoramos a tiempo. Con las segundas, que no siempre sabemos cómo dejarlas ir. Y con las terceras, que en lugar de aprender de las heridas las convertimos en rencor. Al hacerlo, sin darnos cuenta, nos aislamos, dejamos de confiar, nos volvemos fríos e inaccesibles y, así, dejamos que ganen. Pero la Madre Teresa de Calcuta, una mujer de gran sabiduría nos dejó una frase que lo cambia todo: “Algunas personas llegan a nuestra vida como bendiciones, otras llegan como lecciones”.
Las bendiciones de nuestra vida
Hay personas que nos hacen la vida más bonita. No hay otra forma de decirlo. Una buena relación, de pareja, de amistad, en el trabajo o la familia, nos mejora la vida de manera literal. Porque no solo nos permite vivir grandes momentos, sino que además nos hace sentir más seguras, valoradas y acompañadas.
De hecho, el Estudio del Desarrollo Adulto de la Universidad de Harvard lo atestigua: las relaciones significativas y profundas nos hacen más felices, aumentan nuestro bienestar e incluso pueden hacer que vivamos más años. Y esto significa una sola cosa: debemos aprender a valorar a estas personas a tiempo, para cuidarlas y priorizarlas. Porque como dice la Madre Teresa de Calcuta, estas personas llegan a nuestra vida como auténticas bendiciones.
Las personas que nos hacen daño
Por desgracia, no siempre llegan a nuestra vida personas buenas. Hay personas que llegan para arrasar con todo. Y no, no hablamos de esas personas cuyas costumbres nos irritan, que piensan de forma diferente o incluso que pueden tener una personalidad difícil. No hablamos de problemas de compatibilidad, hablamos de personas que son realmente malas.
John Gottman, psicólogo y experto en el estudio de las relaciones, los llamó los “cuatro jinetes del Apocalipsis”. Cuatro patrones que anuncian que una relación no va a acabar bien, que nos hará daño, que nos dejará heridas. Esos cuatro patrones son:
- La crítica, no entendida como señalar una conducta concreta, sino como el hecho de atacar a la personalidad del otro. Esa persona que te hace sentir menos, que te hace sentir que eres defectuosa.
- El desprecio, que puede ir desde hablar con superioridad o poner los ojos en blanco cuando hablas, hasta burlarse, ridiculizar tus emociones o insultarte. Ese famoso “es que eres demasiado sensible” que te hace sentir ridícula y pequeña al mismo tiempo.
- La actitud defensiva, ese muro que usa la persona para negar cualquier responsabilidad y devolverte siempre la culpa a ti. Esa habilidad casi mágica para darle la vuelta a la tortilla y que nunca puedas decirle algo que te ha molestado sin que te conviertas en la culpable de todo.
- La evasión, ese famoso ‘gaslighting’ que lo niega todo y te hace sentir como si estuvieras loca. Dejar de responder, cerrarse en banda, levantar un muro emocional ante el conflicto. Una señal clara de que, pase lo que pase, no vas a poder resolver lo que te pasa con esa persona.
El dolor no es un maestro
Estas relaciones dolorosas son las que, nos dice María Teresa de Calcuta, pueden convertirse en lecciones. Pero antes de explicar por qué, antes de comprender qué tipo de lección puede enseñarnos, debemos matizar algo: no tenemos nada que agradecerles a las personas que nos hacen daño. No debemos quedarnos junto a quien nos lastima para aprender nada. El dolor no es en sí mismo un maestro.
Lo que sucede, en realidad, es que el sufrimiento forma parte inevitable de la vida, por desgracia. Y ante esta inevitabilidad, no queda otra que aprender a superarlo, extraer lecciones y seguir adelante. Pero recuerda, no eres como eres gracias al daño que te han hecho. Eres como eres a pesar de ese dolor. Esa es la clave.
Las lecciones que aprendemos
Si ya hemos pasado por esa relación de dolor, ¿podemos convertirla en una lección? Sí, y conviene hacerlo para que no se cimiente como una herida que nos lleva a pensar que todos nos harán lo mismo, para que no levantemos muros, repitamos patrones o nos instalemos en la desconfianza. El mundo está lleno de personas malas, sí, pero también está a rebozar de personas que merecen la pena.
La pregunta es… ¿Cómo se convierte el dolor en aprendizaje? La clave nos la aporta la psicóloga Crystal Park, con su “construcción de significado”. Según el modelo de Park, cuando vivimos una experiencia que rompe nuestras expectativas (como descubrir que una pareja te ha sido infiel), intentamos encajar lo sucedido dentro de nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotras mismas.
Lo que descubrimos después
Buscamos significado porque existe una distancia entre lo que creíamos y lo que ha sucedido. Pensábamos que esa persona era de confianza, que la relación duraría para siempre, que el amor resolvería todo. Y después de la experiencia, necesitamos revisar algunas de esas creencias.
Esa es, en realidad, la lección que podemos aprender. ¿Qué creencias nos han conducido a esa situación? ¿Cuáles de ellas nos impidieron decir “basta” cuando empezó a doler? Quizá descubramos que habíamos normalizado determinadas faltas de respeto, que temíamos poner límites o que confundimos querer a alguien con soportarlo todo.
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