GERTZ MANERO: EXPEDIENTE POLÍTICO NO JUDICIAL

GERTZ MANERO: EXPEDIENTE POLÍTICO NO JUDICIAL

 A Alejandro Gertz Manero no se fue por un solo escándalo. Su salida de la Fiscalía General es el cierre natural —y casi inevitable— de una historia acumulada durante décadas: un expediente no judicial, sino político, construido a fuerza de polémicas, enojos y decisiones que siempre parecían estar un milímetro antes (o después) del momento correcto. Así lo publica en Historia de Caleb Ordóñez de Exp- Expansión. Dice una vida pública larga, tensa y llena de episodios que México nunca logró procesar del todo y que terminaron de golpe cuando la luz inesperada lo alumbró demasiado.

Alejandro Gertz Manero deja la Fiscalía General de la República (FGR) este día, luego de casi siete años en el cargo.  Fue en enero de 2019 cuando Gertz Manero asumió el cargo de fiscal general de la República durante el sexenio del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Gertz Manero fue el primer titular de la FGR, creada en diciembre de 2018 en sustitución de la Procuraduría General de la República (PGR). 

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Para entender su renuncia, hay que regresar al principio.

A 2001. A Puente Grande. A Joaquín “El Chapo” Guzmán desapareciendo como si el penal fuera un teatro mal montado. A un gabinete recién estrenado y a un secretario de Seguridad Pública —Gertz— que quedó tocado desde ese instante, aun cuando defendió hasta el cansancio que los penales no estaban bajo su control directo. Tenía razón en la letra, pero la política no se escribe con artículos constitucionales; se escribe con percepciones. Y la percepción quedó marcada: primera fuga, primer señalamiento. Así mismo en Zona Libre, en "La corona que derribó al fiscal” manifiesta Caleb Ordóñez, que luego vendría “el caso familiar”, quizá el capítulo más corrosivo de su trayectoria. La denuncia por homicidio en contra de su excuñada Laura Morán y de su sobrina política, Alejandra Cuevas, terminó por convertirse en un espejo que devolvía una imagen poco favorecedora del fiscal. La figura jurídica de “garante accesoria”, que nadie encontraba en ningún código, la prisión de Cuevas, la reapertura del expediente cuando él ya era fiscal, y después los audios filtrados donde se quejaba del proyecto de sentencia de la Suprema Corte… Ese episodio enterró la narrativa de imparcialidad y lo colocó en el centro del debate sobre el uso personal de la justicia. No su mejor capítulo. Y sin embargo, tampoco ahí cayó. Su paso por la FGR tuvo escenas memorables —algunas para bien, otras para museo del absurdo.

Gertz Manero, tiene 86 años.

Es abogado por la Escuela Libre de Derecho y doctor en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), por LA University of Mount Union en Ohio, Estados Unidos, y por la Universidad de las Américas, A.C.

Como parte de su trayectoria al servicio público.

Gertz Manero se ha desempeñado como secretario general del INAH

Agente del Ministerio Público Federal auxiliar del procurador general de la República

Jefe de la Unidad Defensora del Patrimonio Cultural de la Nación en la extinta PGR.

También fue secretario de Seguridad Pública Federal

Comisionado general de la extinta Policía Federal Preventiva (PFP)

Anunció con firmeza una cruzada contra la impunidad heredada: Odebrecht, Estafa Maestra, Pemex, la élite política del sexenio pasado. Era un fiscal que llegaba con autoridad intelectual: décadas de docencia, formación sólida en derecho penal, experiencia en seguridad y una convicción genuina de que el Ministerio Público tenía que recuperar su dignidad institucional.

Ese punto —el positivo— hay que concedérselo: Gertz siempre habló de la Fiscalía como una institución que debía fortalecerse y, al menos en discurso, entendía la necesidad de autonomía y rigor técnico. Pero entre lo que se quiere y lo que se logra suele haber un océano.

El caso Lozoya terminó convertido en una tragicomedia: el testigo estrella que prometía derribar a medio gabinete peñista terminó fotografiado en un restaurante, con un guion de colaboración que se desmoronó y un expediente repleto de promesas incumplidas.

El famoso cheque de 2,000 millones de pesos, presentado en Palacio Nacional como “reparación del daño”, resultó más simbólico que real. Y mientras tanto, Rosario Robles vivió en prisión preventiva prolongada, exhibiendo el rostro más duro de la Fiscalía, mientras Lozoya parecía disfrutarse el fuero moral de la cooperación. Su sello más polémico fue la justicia diferenciada.

La exoneración exprés del general Salvador Cienfuegos tensó la relación con Estados Unidos; el intento de procesar a 31 científicos del Conacyt por delincuencia organizada levantó incluso carcajadas en los tribunales; los expedientes contra gobernadores y candidatos en temporada electoral alimentaron la narrativa de que la FGR olía más a estrategia que a proceso penal. Y después llegó la guerra interna.

La Carta de Renuncia de Gertz Manero

En una carta dirigida a la presidenta de la Mesa Directiva del Senado, Laura Itzel Castillo, el fiscal indicó: 

Hago de su conocimiento que la Titular del Poder Ejecutivo Federal, Doctora Claudia Sheinbaum Pardo, me ha propuesto como Embajador de México ante un país amigo, lo cual se está tratando en este momento. Dicha propuesta me va a permitir la posibilidad de continuar sirviendo a mi país, en una nueva tarea que me honra y que agradezco; ratificando así mi vocación de servicio público de tan larga trayectoria; razón por la cual, a partir de esta fecha y con todos los efectos legales que correspondan, me estoy retirando de mi actual cargo como Fiscal General de la República.

Ante esto, pidió que en apego a las atribuciones que le confiere la Ley Orgánica del Congreso General de los Estados Unidos Mexicanos, se informe al Pleno del Senado de la República para obtener la ratificación del nombramiento con el que indicó lo ha "honrado la Presidenta".

A efecto de que, si así lo estimara conveniente el Órgano Legislativo, se dé inicio al proceso para la ratificación de mi nombramiento, con base en lo dispuesto en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes en la materia.

En caso de renuncia que es el caso de Gertz Manero, lo primero es que el senado debe aceptar y arpobar dicha renuncia. Luego la Presidenta deberá enviar una terna, a partir de ese momento, el Senado tiene 10 días para designar al nuevo titular, el cual durará 9 años en el cargo. En el caso de que no se envíe una terna por parte del Ejecutivo, la Cámara Alta tiene 10 días de igual forma para designar al nuevo Fiscal de la República.

El pleito con Julio Scherer, la batalla por el control de ciertos expedientes, las acusaciones cruzadas de extorsiones, venganzas y “operaciones sucias” mostraron una Fiscalía atrapada en el mismo laberinto político que juró superar. Con todo, había una cualidad que incluso sus críticos reconocen: Gertz era persistente. Y conocía el aparato penal como pocos.

Tenía método, obsesión por el detalle y una idea fija de orden institucional. No siempre funcionó, no siempre fue justa ni eficiente, pero era innegable que se trataba de un hombre que llevaba décadas pensando —de verdad pensando— en el sistema penal mexicano. ¿Entonces por qué renunció? Porque la política no solo se derrumba por grandes actos de corrupción o colapsos institucionales. A veces cae por la presión inesperada del lugar menos imaginado.

En este caso, una corona. Todo estalló cuando México celebraba con júbilo el triunfo de Fátima Bosch como Miss Universo. Una mexicana ganando el certamen después de tantos años era un regalo para la narrativa nacional: orgullo, identidad, representación, el país hablando de algo luminoso por primera vez en semanas. Pero justo ahí, en plena celebración, comenzaron a circular los expedientes —sellados y empolvados en la FGR— relacionados con Raúl Rocha, presidente de la franquicia Miss Universo y vinculado en investigaciones mediáticas con presuntos contratos irregulares con Pemex.

La pregunta no era si existía una investigación. La pregunta era: ¿por qué se filtró justo ahora? La respuesta implícita fue unánime: porque la FGR había perdido control interno. Porque intereses cruzados querían lastimar a la 4T. Porque la filtración no solo embarraba a un empresario, sino también a Bosch, la nueva joya mediática del país.

Porque el triunfo, tan necesario en una nación saturada de malas noticias, se convirtió en combustible político en cuestión de horas. Porque México estaba celebrando una coronación, y alguien sacó un expediente que olía a guerra interna. Eso, en Palacio Nacional, fue dinamita. No se podía permitir que una victoria global, limpia y emocional, se convirtiera en pleito burocrático.

Mucho menos cuando la Presidencia buscaba proyectar una nueva etapa institucional y evitar conflictos con la industria cultural y de entretenimiento que ya estaba devolviendo atención internacional al país. Gertz había sobrevivido a todo: a expedientes fallidos, a presiones, a audios filtrados, a críticas internacionales. Pero tocar un símbolo recién coronado fue otra cosa.

Transformó un problema jurídico en un problema político. Y en México, los problemas políticos se resuelven de una sola forma: pidiendo renuncias. El 27 de noviembre de 2025 presentó la suya. Salió con un extraño nombramiento diplomático y un comunicado sin dramatismos, pero cargado de silencios.

Fue la despedida de un fiscal que quiso ser reformador, que terminó siendo símbolo de poder concentrado y que cayó no por un caso penal, sino por una coronación que puso demasiados reflectores sobre sus polémicas. Y así, la corona de Fátima Bosch terminó abollando algo más que el ego de los críticos: terminó abollando, también, el trono del fiscal más poderoso del México reciente.

-Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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