Jóvenes originarios de Haití y Venezuela concluyeron con éxito sus estudios en CONALEP Baja California.
Siete de ellos se graduaron en el Plantel Tijuana II, demostrando que la educación abre puertas sin importar el país de origen.

En Tijuana es común toparse con haitianos vendiendo frutas en los tianguis y con frecuencia se les observa trabajando desde muy temprano en las obras de construcción pegando bloques. Los caribeños no sólo se desempeñan como empleados, también como emprendedores. Hay quienes colocaron peluquerías donde las trenzas que decoran los peinados de las haitianas se conjugan con los alisados y los cortes de cabello convencionales. Son ejemplo de superación.
En la región norteña abrieron academias de idiomas para enseñar francés e inglés, así como restaurantes que combinan el picante y los tacos con los sabores originarios de África y Francia.
Muchos dejaron de lado el sueño americano y se quedaron en esa ciudad fronteriza para evolucionar, lejos de la violencia y de la inestabilidad política que hicieron de su país de origen un sitio inhabitable. Su presencia es notable en diversos asentamientos constituidos en Tijuana. Uno de los más conocidos es Villa Haitiana, que hace pocos meses fue rebautizada como «Villa Fraternidad«.
